Las mariposas de la carta

Mis palabras se mecieron en el viento y comenzaron a desintegrarse por la lluvia de mis ojos. El significado de tus palabras empezó a llevarme a un sueño, un sueño del que no quería despertar.

Llegada la primavera, la época de los renaceres y de las esperanzas, mi corazón se marchitaba. Dentro de mí llegaba el invierno, una época de frío y soledad.

Pasaban y pasaban las tardes. Bajaban y bajaban los crepúsculos pero mi corazón seguía tan apagado como un animal deshabitado  de vida. Hasta que una tarde crepuscular en que los almendros lloraban blancos pétalos descubrí un mágico lugar.

El suave sonido de la claridad hídrica insuflando armonía y el perpetuo acorde del movimiento verde me hizo acomodarme en la marmórea cornisa. Un movimiento; una sombra cruzó mis ojos y dejó caer una carta a mis pies. Cuando alcé la mirada, había desaparecido.

La palpé, la abrí, la leí.

Tus ojos me recuerdan al mar,

Porque me hacen alcanzar,

Las profundidades de mi corazón,

Muerto por esta sinrazón.

Desde que te ví, no puedo vivir. Desde aquella tarde celestial —entre las atolondradas mariposas aleteando por mi estómago— no puedo olvidar esa sonrisa de espiral. Una mirada que no dejo de pensar.

Una carta, unas palabras. Una declaración.

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A un enamorado semidios

En una crepuscular tarde de otoño mientras paseaba entre las moribundas hojas del nemoroso cementerio palpé las últimas gotas de mi corazón seco, agónico, a punto de morir.

Mi odisea ya se venía acrecentando y la polvorienta luz iba cubriendo mis ojos como la niebla esconde a su paso la luz que llega del gran Helios. Todos y cada uno de mis caminos se tapaban para impedir mi paso y aunque surgiera algún inesperado atajo hacia la salida de aquel dédalo que me enclaustraba, la niebla se encargaba de oscurecer y borrar por completo haciéndome retroceder y seguir perdido, atormentado y desolado. Sigue leyendo

El primer encuentro

Como la luna que al cielo nocturno entra,

Viniste a verme dándome luz en mi camino,

Y de repente entre la niebla te encuentro,

Como una amapola que busca el rocío,

Para poder renacer en una mañana de primavera,

Porque fuiste el rayo de sol que salió del primer despertar,

Porque tuviste el rocío para florecer y ser una amapola.

 

Cupido dejó que llegase al Olimpo

Un mar rojo hizo colorear la transparencia en calma de la fuente. Allí, se encontraba enclaustrado un alado ángel que descansando de su vuelo, presenciaba la agonía.

El frío empezó a entrar en sus venas como un soplo de aire que se cuela entre la rendija de una ventana. Su camino abarcó todo su interior, hasta llegar al lugar dónde parte el amor. Allí se quedó. Permanente.

Cuando Jasón consiguió despertar, Medea empezó a recordar: Cupido había clavado en su corazón una flecha que le hacía sentir una gran pasión.

Ese suave sensación de serenidad me dejó atolondrada, enajenada. Por fin comprendí ese sentimiento que parte de una flecha y que, de repente, te traspasa.

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Precioso paseo por el cipresal

El paseo en un crepúsculo morado me alegró el día, todo había sido como un cúmulo de ardores que me habían hecho desenterrar antiguas esperezas. Pero lo peor de todo había sido la muerte de Carlos. No sabía que le habría podido pasar, de un momento a otro lo vi cruzar el tras la puerta y al día siguiente lo estaba enterrando. La vida no es nada buena con las personas a las que uno quiere. Sigue leyendo

El Baúl: Germán Martínez González

Hola, hola, hola, queridos amigos.

Dicen que el ser humano solamente se enamora dos veces en la vida.

La primera vez que nos enamoramos es ese primer amor, el amor verdadero. Esa persona que hace que se nos escape la respiración y que por mucho que pase el tiempo nunca dejarás de querer.

La segunda vez que nos enamoramos, lo hacemos de aquella persona que te completa y que eliges para que sea tu compañero de vida para formar una familia y envejecer juntos.

Y tú, ¿con cuál te quedas? Sigue leyendo