A un enamorado semidios

En una crepuscular tarde de otoño mientras paseaba entre las moribundas hojas del nemoroso cementerio palpé las últimas gotas de mi corazón seco, agónico, a punto de morir.

Mi odisea ya se venía acrecentando y la polvorienta luz iba cubriendo mis ojos como la niebla esconde a su paso la luz que llega del gran Helios. Todos y cada uno de mis caminos se tapaban para impedir mi paso y aunque surgiera algún inesperado atajo hacia la salida de aquel dédalo que me enclaustraba, la niebla se encargaba de oscurecer y borrar por completo haciéndome retroceder y seguir perdido, atormentado y desolado.

Un día, de camino por los campos de aceite y naranja, se topó en mi camino un Dante que me condujo por un buen camino. Un recorrido que aunque difícil e intricado, conseguí salir. Este bello compañero me mostró que el camino no se acababa y que si me despegaba de la mirada la niebla que la cubría podría avistar una salida.

Conseguí salir, y al final de este laberinto un semidios me estaba esperando. Un ser que venido del Olimpo y siendo allí un gran disertor, me insufló una energía que me hizo despertar. De pronto, mi corazón empezó a bombear y la niebla que tanto empachaba mis ojos se fue disipando hasta desaparecer.

Este semidios me ha impregnado de ambrosía y con suaves ósculos me ha ido llevando por el camino que llega a ese Olimpo donde la luz y el amor reinan.

Desde ese momento le gratifico por despertarme de ese gran letargo que me tenía sumido en un Hades abocado a un sombrío óbito.

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