Los ángeles no duermen

La noche caía entre los árboles de luciérnagas mientras una lluvia impenetrable recorría las aceras de este laberinto. Las sombras pasaban por mi lado sin darme cuenta, la luz me estallaba en los ojos como un cohete se abre camino en el cielo oscuro.

Entre esta paleta de colores nauseabundos, una luz, una sombra que parecía brillar con más intensidad parecía dirigirse a su eterno palacio. La seguí, pero ella cerró la puerta de su paraíso. Toqué el timbre de la iluminación, y su voz apareció por arte de magia entre una red de sonidos que venían del mismísimo cielo.

Me adentré en su palacio, pero más ángeles vivían en él, una serie de sombras que no eran nada parecidas a ella. Pero a medida que iba ascendiendo fui advirtiendo los distintos escalones que dirigían a ese cielo, a ese paraíso. Cuando ya lo alcancé, me detuve ante una puerta que brillaba como el  oro, una puerta que parecía burlar a los dioses por su belleza. Era la entrada al jardín del Edén, al paraíso más esplendoroso.

Con miedo a tocarla, la rocé suavemente para hacer el menor ruido posible. Así, alguien me abrió tan majestuoso pórtico. Era ella. Era el ángel más hermoso. Parecía haber sido esculpida por el mismísimo Apolo tras haber estado con Afrodita. Dos dioses que por su belleza crearon a una belleza que incluso superaban la propia.

Me dejó entrar, y al instante me quedé ciego de tanta belleza. El lugar donde residía tal divinidad era el mismo paraíso: una gran chimenea de esmeraldas recorría toda la estancia hasta llegar a la entrada y un río de rosas anidaba en lo más recóndito de la alcoba.

De pronto, y con una furia intensa que salió de mis adentros, la agarré de las alas y la arrastré hasta la alcoba, desarticulando cada pétalo en mil pedazos y desmoronando todos los cristales que unidos por ambrosía resplandecían con esmero.

Como un cancerbero desencadenado me arrojé a su torso con mi pico puntiagudo y entre horribles alaridos me adentré entre sus vísceras para sacar el alma de su sangre. La arranqué, y sin saber qué hacía, la dejé entre las rosas ya podridas por el olor a muerte. Después arrojé sus perlas azuladas al caldero celestial.

Me había convertido en un demonio. Acababa de desmembrar al ángel de mis sueños. Mi cuerpo no debería de pisar este santuario. Todos y cada uno de los pétalos y cristales de luz se habían apagado. Cerré el pórtico. Bajé. Y, por último, me adentré en el infierno del que vine para terminar desapareciendo entre las sombras.

CArta ángel.jpg

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