El principio del fin

Entre la laberíntica columnata que dejaba ver el interior de la sala, encontré unas ropas que cubiertas de un purpúrea capa se extendían hasta la ventana. Así, en el lecho conyugal descubrí una arma impregnada de ese olor que ya había encontrado en las ropas.

Me dirigí hacia la ventana donde colgada de una larga pero rudimentaria escala estaba Clitemnestra. Allí, entre estridentes aullidos como los de un lobo que está a punto de matar, estaba atada. Amordazada de por sus miembros y que con un aspecto destrozado por la acción de las puñaladas solo pedía clemencia.

Pero….no podía hacer eso….ella había matado a mi padre.

Retrocedí en mis pasos y tras coger de nuevo el arma, corté la cuerda que unía a mi madre con la vida. Corté su vida y corté todo aquello que la unía a esta.

Cayó a la tierra de los muertos, cayó al Tártaro. Allí, la estaría esperando Caronte pero no podría pasar al otro lado. Yo no consentiría que un ser así entrara en semejante lugar. Estaría vagando por el mundo para toda la eternidad.

Salí del edificio, llegué a la orilla del mar, me adentré hasta que mis ojos se hundieron y no vieron nada más que agua. Poseidón me acogió entre sus entrañas.

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