¿Adams o Trump?

En estos últimos días y tras los acontecimientos vividos, estamos teniendo acceso a todo lo que sucede al otro lado del charco. Así que mi entrada de hoy también va a apuntar en esa dirección. Hoy situamos la mirada sobre América, sobre ese continente de vástagos y oriundos. Allí conviven los diversos colores, las multiformes lenguas y las diferentes culturas, todas concentradas sobre los mismos palmos de tierra. La historia ha hecho de ella un territorio de contrastes y su gran imagen de antítesis telúrica la ha convertido en un lugar de gran importancia.

Pero esta tierra de contrastes, también lo ha sido de alboroto, desde la firma de su Declaración de Independencia en 1776 hasta los acontecimientos ocurridos en estos últimos días. Bien sabemos que fueron los llamados Padres fundadores de los Estados Unidos de América los que consiguieron dar la independencia a América del Norte y los artífices de los Estados Unidos de América. Estos Padres se han identificado con siete grandes figuras: John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson, James Madison y George Washington. Los siete han sido considerados grandes líderes políticos y hombres de estado, sin llegar a ponerse ninguna objeción al respecto.

Podría parecer descabellado hacer una comparación entre Donald Trump, el actual presidente de los Estados Unidos de América, y una de estas siete grandes personalidades que llevaron a cabo tan loable empresa. Sin embargo, si nos remitimos a los recursos de este proyecto, las cartas, podremos avistar un paralelismo no mal traído que existe entre el pensamiento de Donald Trump y John Adams, uno de los siete. Y es que a través de una serie de cartas personales, hoy día públicas, podemos demostrar que la mentalidad tan polémica, hoy día, de Donald Trump no dista de la que manifestaban algunos de los siete grandes admirados por la historia.

El 31 de marzo de 1776, Abigail Adams escribió una carta a su esposo, el político independentista, John Adams. En esta carta, su mujer encabeza un discurso feminista en el que se verían representadas la totalidad de las mujeres de Norteamérica. Pide a su cónyuge un poco de empatía con el tema y la situación. He aquí la carta:

 «Tengo muchas ganas de oír que han declarado la independencia. Y, al respeto, en el nuevo código de leyes que supongo que escribirán, les pido que recuerden a las damas y que sean más generosos y favorables con ellas que sus antepasados. No pongan poder ilimitado en las manos de los esposos.

Recuerden que todos los hombres serían tiranos si pudieran. Si no nos otorgan el debido cuidado y la atención particular a nuestras personas, estamos resueltas a fomentar la rebelión y no nos consideraremos sujetas a cualquier ley en cuya elaboración no tuvimos ni voz ni voto.»

La respuesta despectiva de su esposo del 14 de abril del mismo año se ha hecho célebre, y nos remite a la idea que ya estamos esbozando.

«Me das risa con tu código de leyes. Se nos asegura que nuestra lucha ha relajado las cadenas del gobierno por dondequiera; que los niños y los aprendices se han vuelto desobedientes; que hay turbulencia en las escuelas y universidades; que los indios faltan al respecto a sus tutores, y los negros son insolentes con sus amos. Pero tu carta es la primera insinuación que otra tribu, más numerosa y poderosas que todas las demás, estaba descontenta. Quizás es un cumplido demasiado grosero, pero eres tan traviesa que no lo voy a obviar.

Puedes estar segura de que sabemos mejor que derogar nuestros regímenes masculinos. A pesar de que estén en vigor, sabes que no son más que teoría […]; en la práctica, sabes que nosotros  [los hombres] somos los súbditos. Guardamos únicamente el título de amos, y en lugar de renunciarlo para sujetarnos por completo al despotismo de las faldas, espero que el general Washington y todos nuestros héroes valientes resistan.»

La mujer, a finales de XVIII, en Norteamérica, es un ser relegado junto a los grupos más desfavorecidos de la sociedad: los negros y los indios. Y puesto que es este mensaje que abunda por los medios en estos últimos días, no está de más que la lectura –en este caso de cartas– nos abra los ojos y nos haga ver que los Estados Unidos no es el país modelo que nos han querido vender desde siempre. No es la potencia idílica en la que todo el mundo tiene su lugar. La variedad y la antítesis de la que hablábamos están viviendo en un mismo espacio, pero esto no quiere decir, en absoluto, que convivan. Y a pesar de todo el esfuerzo que ha quedado latente en la diacronía, hoy la historia se repite, vuelve a ganar el hombre blanco de origen europeo y los grupos subalternos se discriminan.

 

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