Alegoría mientras anochecía

La noche acechaba mientras que por el austral camino unos pasos inciertos se oían. Sentado en el sillón que con su infame piel me blandía los músculos de la espalda, leía unos versos que me recordaban a una escena invernal:

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Rubén Darío, un gran poeta, me hacía pensar en muchas cosas en ese momento.

Pero, una especie de pedrada recorrió la sala en dirección a la boca de la chimenea. De pronto, una llama salió disparada de las fauces de la garganta que conducía al mismísimo infierno. Todos y cada uno de los elementos de la hogareña casa que habían servido para alegoría al invierno salieron disparados por cada uno de los vanos hasta llegar al lago.

El sillón fue mi tumba.

cartam

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