Cartas célebres

Queridos amigos: traemos hoy a nuestra sección una de las cartas románticas más famosas de nuestra literatura. Ayer, día de todos los fieles difuntos, las ciudades de España acogieron la representación de la obra cumbre de José Zorrilla, Don Juan Tenorio. Dicha obra, publicada en 1844, se convirtió ya en el siglo XIX en una representación imprescindible durante estas fechas, representación que alcanzó tal fama y un grado de institucionalización tal que la propia Ana Ozores, tan solo cuatro décadas después de su aparición,  acude al teatro de Vetusta y se emociona escuchando los versos del laureado Zorrilla.

En el fragmento que aquí mostramos, perteneciente a la III escena del drama, doña Inés y su sirvienta Brígida leen con atención las apasionadas letras que don Juan le dedica a la novicia. He aquí los versos de don Juan:

 

Doña Inés del alma mía.

Luz de donde el sol la toma,

hermosísima paloma

privada de libertad,

si os dignáis por estas letras

pasar vuestros lindos ojos,

no los tornéis con enojos

sin concluir, acabad.

Nuestros padres de consuno

nuestras bodas acordaron,

porque los cielos juntaron

los destinos de los dos.

Y halagado desde entonces

con tan risueña esperanza,

mi alma, doña Inés, no alcanza

otro porvenir que vos.

De amor con ella en mi pecho

brotó una chispa ligera,

que han convertido en hoguera

tiempo y afición tenaz:

y esta llama que en mí mismo

se alimenta inextinguible,

cada día más terrible

va creciendo y más voraz.

En vano a apagarla

concurren tiempo y ausencia,

que doblando su violencia,

no hoguera ya, volcán es.

Y yo, que en medio del cráter

desamparado batallo,

suspendido en él me hallo

entre mi tumba y mi Inés.

Inés, alma de mi alma,

perpetuo imán de mi vida,

perla sin concha escondida

entre las algas del mar;

garza que nunca del nido

tender osaste el vuelo,

el diáfano azul del cielo

para aprender a cruzar:

si es que a través de esos muros

el mundo apenada miras,

y por el mundo suspiras

de libertad con afán,

acuérdate que al pie mismo

de esos muros que te guardan,

para salvarte te aguardan

los brazos de tu don Juan.

(…)

Acuérdate de quien llora

al pie de tu celosía

y allí le sorprende el día

y le halla la noche allí;

acuérdate de quien vive

sólo por ti, ¡vida mía!

y que a tus pies volaría

si le llamaras a ti.

(…)

Adiós, ¡oh luz de mis ojos!

Adiós, Inés de mi alma:

medita, por Dios, en calma

las palabras que aquí van:

y si odias esa clausura,

que ser tu sepulcro debe,

manda, que a todo se atreve

por tu hermosura… don Juan. 

José Zorrilla, Don Juan Tenorio

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