Cartas célebres

Queridos amigos: nuestra sección se hace eco hoy de una de las muchas efemérides literarias que estamos celebrando este año. Esta semana rendimos homenaje a una de las figuras trascendentales de la narrativa de la posguerra española y de todo el siglo XX en general. Nos referimos a Camilo José Cela, ganador, entre otras muchas distinciones, del Premio Nobel de Literatura en 1989 y del Premio Cervantes en 1995.

Con motivo del centenario de su nacimiento, leemos hoy en este espacio la “Carta anunciando el envío del original”, perteneciente a su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942). Con esta obra, Cela inaugura la narrativa española de la posguerra, una etapa bautizada con el título de “tremendista” por su desgarradora y cruel visión de la realidad.

La carta que aquí recogemos se dirige a don Joaquín Barrera López, y está escrita por el propio protagonista de la novela, Pascual Duarte. En ella el autor se sirve de estrategias recogidas de la tradición anterior, como la captatio benevolentiae y la presentación de su vida como instrumento de enseñanza de lo que no se debe hacer. Pascual Duarte, preso en la cárcel de Badajoz, presenta sus memorias aceptando el castigo al que está sometido con completa resignación, y reconoce, además, que la condena que está sufriendo es justa. He aquí las palabras del protagonista:

Carta anunciando el envío del original

Señor don Joaquín Barrera López.

Mérida.

Muy señor mío:

Usted me dispensará de que le envíe este largo relato en compañía de esta carta,

también larga para lo que es, pero como resulta que de los amigos de don Jesús

González de la Riva (que Dios haya perdonado, como a buen seguro él me perdonó a

mí) es usted el único del que guardo memoria de las señas, a usted quiero dirigirlo por

librarme de su compañía, que me quema sólo de pensar que haya podido escribirlo, y

para evitar el que lo tire en un momento de tristeza, de los que Dios quiere darme

muchos por estas fechas, y prive de esa manera a algunos de aprender lo que yo no

he sabido hasta que ha sido ya demasiado tarde.

Voy a explicarme un poco. Como desgraciadamente no se me oculta que mi

recuerdo más ha de tener de maldito que de cosa alguna, y como quiero descargar, en

lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia, es

por lo que me he inclinado a relatar algo de lo que me acuerdo de mi vida. Nunca fue

la memoria mi punto fuerte, y sé que es muy probable que me haya olvidado de

muchas cosas incluso interesantes, pero a pesar de ello me he metido a contar aquella

parte que no quiso borrárseme de la cabeza y que la mano no se resistió a trazar sobre

el papel, porque otra parte hubo que al intentar contarla sentía tan grandes arcadas en

el alma que preferí callármela y ahora olvidarla. Al empezar a escribir esta especie de

memorias me daba buena cuenta de que algo habría en mi vida -mi muerte, que Dios

quiera abreviar- que en modo alguno podría yo contar; mucho me dio que cavilar este

asuntillo y, por la poca vida que me queda, podría jurarle que en más de una ocasión

pensé desfallecer cuando la inteligencia no me esclarecía dónde debía poner punto

final. Pensé que lo mejor sería empezar y dejar el desenlace para cuando Dios quisiera

dejarme de la mano, y así lo hice; hoy, que parece que ya estoy aburrido de todos los

cientos de hojas que llené con mi palabrería, suspendo definitivamente el seguir

escribiendo para dejar a su imaginación la reconstrucción de lo que me quede todavía

de vida, reconstrucción que no ha de serle difícil, porque, a más de ser poco

seguramente, entre estas cuatro paredes no creo que grandes nuevas cosas me hayan

de suceder.

Me atosigaba, al empezar a redactar lo que le envío, la idea de que por aquellas

fechas ya alguien sabía si había de llegar al fin de mi relato, o dónde habría de cortar

si el tiempo que he gastado hubiera ido mal medido y esa seguridad de que mis actos

habían de ser, a la fuerza, trazados sobre surcos ya previstos, era algo que me sacaba

de quicio. Hoy, más cerca ya de la otra vida, estoy más resignado. Que Dios se haya

dignado darme su perdón.

Noto cierto descanso después de haber relatado todo lo que pasé, y hay momentos

en que hasta la conciencia quiere remorderme menos.

Confío en que usted sabrá entender lo que mejor no le digo, porque mejor no

sabría. Pesaroso estoy ahora de haber equivocado mi camino, pero ya ni pido perdón

en esta vida. ¿Para qué? Tal vez sea mejor que hagan conmigo lo que está dispuesto,

porque es más que probable que si no lo hicieran volviera a las andadas. No quiero

pedir el indulto, porque es demasiado lo malo que la vida me enseñó y mucha mi

flaqueza para resistir al instinto. Hágase lo que está escrito en el libro de los Cielos.

Reciba, señor don Joaquín, con este paquete de papel escrito, mi disculpa por

haberme dirigido a usted, y acoja este ruego de perdón que le envía, como si fuera el

mismo don Jesús, su humilde servidor.

Pascual Duarte

Cárcel de Badajoz, 15 de febrero de 1937.

 

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